domingo, 22 de diciembre de 2013

XXXI De libros ( Entra el viento de olor ciruela)





    Henri Cartier-Bresson nos cuenta cómo, dificultosamente,
    el otro Henri
    se levantaba de la cama para saludar al enigma
    joven del día, marinero.

    Estuvo tumbado pintando con el gato negro tranquilo
    entre las piernas y una luz
    sólo de esa mañana.

    El otro Henri
    diferencia en el luminaria
    briznas del pasto de la noche, rezagadas y juguetonas,
    tras lo suntuoso
    de tanta claridad salina.

    Imperceptibles pizcas
    de visitantes
    que han curioseado sin ruido en las salseras del color,
    visitantes que pretendían
    transformarse en azul de Niza.

    Cartier-Bresson contempla al otro
    Henri
    cómo, elegante de perfil,
    octogenario,
    zurea a  sus palomas. Viene
    una de ellas, revolotea en la cabeza del fotógrafo
    y halla la afinidad del hombro
    de Henri M.
    Ella coquetea, acaricia con una pluma la barbilla
    familiar y, por fin, se aquieta.

    Cartier-Bresson
    oye decir a la paloma:
    cada mañana te amo más,
    más a tus alas, pronto el vuelo,
    pronto, pronto tu vuelo.

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